Pioneros de Siempre

Como lo hacíamos, por lo general una vez a la semana, los tres amigos, y a veces algún otro que se agregaba al grupo, nos encontrábamos en un café del centro de Río Turbio para satisfacer nuestra necesidad de comunicación e intercambiar  ideas y a veces discutir sobre algún tema no determinado o simplemente para dejar transcurrir el tiempo. No recuerdo el nombre del lugar, pero sí su publicidad radial que aseguraba que desde allí y a través de sus ventanales, cómodamente “…se podía ver pasar la vida…” , o algo así.

Lo cierto es que esa tarde, como tantas otras, los temas fueron diversos: política doméstica y de la otra, cómo mejorar la vida de nuestros vecinos, la posibilidad del desarrollo a través del carbón del que depende la economía de la Localidad y también la de la ciudad de 28 De Noviembre;  tampoco el humor estaba ausente, etc; temas que como en toda charla de café y en rueda de amigos, surgen en forma natural y sin necesidad de agenda previa.

Así se fue desarrollando la conversación amistosa, a veces brillante y encendida y en otros momentos menos, pero siempre amena, donde cada uno libremente daba su punto de vista.

Transcurría el tiempo y nadie parecía notarlo, quizás por el entusiasmo del encuentro, o por no existir otros compromisos previos. En un momento en que aparentemente ya no había tema para su desarrollo, uno de nuestros amigos puso sobre la pequeña mesa  que rodeábamos con las tacitas del café humeante de por medio, algunas situaciones o experiencias “extraordinarias” vividas en la zona. Debo aclarar que los que nos encontrábamos allí, estábamos muy lejos de la superstición o de creer en hechos  sobrenaturales que no tuvieran alguna explicación racional. Y fue en esa tertulia entre amigos en que uno tomó la palabra y a medida que avanzaba en su decir, logró mantener toda la atención expectante del  pequeño grupo. Esto relató.

b_200px_150px_16777215_00_images_Articulos_pequenas_historias_EL_TURBIO_-_VUELO_DE_DOS_CONDORES.jpg“…Ustedes saben como yo, que anteriormente a la construcción y pavimentación de la ruta nacional 40 que nos comunica por Esperanza con la  capital de Santa Cruz: Río Gallegos, los habitantes de esta Cuenca teníamos que transitar con nuestros vehículos o en  el transporte de pasajeros por la ruta de ripio ( ex 293) que pasa por los parajes Puente Blanco,  El Zurdo, y Bella Vista, única vía de comunicación terrestre en ese entonces ;  desandando unos  270 km duros que nos separaban de Río Gallegos, y a veces eso, era iniciar toda una aventura que podía concluir luego de cuatro o cinco horas  o más de viaje, dependiendo de las condiciones del camino y del clima que como se sabe en esta latitud es impredecible.  En invierno y con nieve, con pala de por medio, se llegó a tardar hasta doce horas y con suerte; muchas veces el colectivo de entonces debía dejar la ruta y avanzar en medio del campo sorteando acumulaciones de nieve, gracias a la pericia de su conductor y al conocimiento cabal de esas soledades.

Después de pasar el paraje El Turbio, el camino se mostraba desolado, salvo por la presencia del casco de alguna solitaria estancia que de golpe aparecía ante nuestros ojos, alguna majada de ovejas pastando o de algún vehículo que también lo transitaba, muy de vez en cuando, en una u otra dirección,  levantando una nube de polvo a su paso”.

Y aquí la voz de nuestro amigo casi se vuelve un susurro y continúa su relato.

“Yo volvía de Río Gallegos a Río Turbio en la compañía de mi Madre, conduciendo nuestro automóvil; ya las sombras de la noche se habían adueñado de la zona si bien el final de jornada se presentaba sereno, sin viento y esta vez con el  magnífico cielo sureño cuajado de estrellas.

Ustedes recordarán que en ese entonces en la ruta y en la zona conocida como “El Zurdo”, a unos 140 km aproximadamente de Río Turbio, se encontraba  un pequeño edificio de mampostería de una sola planta, solitario y sin pretensiones, que alojaba a un destacamento de Gendarmería casi en el límite con Chile. Para sortear el sitio había que cruzar un pequeño puente de madera sobre el arroyo de aguas cristalinas que lleva el mismo nombre del paraje. En ese sitio, los viajeros solían hacer escala en su travesía, intercambiando algunas palabras con los serviciales gendarmes, tomando algunos mates reconfortantes, o solicitando algún tipo de ayuda por algún imprevisto producido en el camino. La mayoría aprovechaban el alto para “estirar las piernas”. Es que luego vendría el camino entre cerros y mucha soledad; sin lugar a dudas se transitaba por paisajes de mucha belleza  pero extremadamente solitarios y que en determinadas circunstancias llegaban a preocupar hasta al  espíritu  más fuerte.”

Nuestro amigo continúa su relato, mientras nosotros guardábamos silencio, expectantes, y aislados de los demás clientes del Café, como si de pronto una espesa cortina nos separara del resto de la concurrencia.

“ Y fue en ese momento  -debo acotarles que nos dirigíamos hacia nuestra casa de Río Turbio- que luego de recorrer un par de kilómetros en medio de la noche, en que la luz de los faros del auto alcanzó a alumbrar a una figura alta y desgarbada, metida en lo que a nosotros nos pareció un capote y que en medio del camino nos hacía la inconfundible seña “de parar”, y así lo hicimos, pensando en que sería  un gendarme. La sombra  sin mediar palabra se introdujo en la parte de atrás del automóvil.  Durante el trayecto hasta un poco más allá de la zona de la Estancia Glenn Cross, nuestro extraño pasajero metido en un capote que arrojaba un cono de sombras sobre su figura, no pronunció una sola palabra, pero al llegar  donde justamente hay una pequeña cruz a la vera del camino y donde empiezan despeinados bosquecillos de ñires, nos hizo señas evidentes de que bajaría allí. Y así lo hizo, desapareciendo rápidamente con su elevada figura en las tinieblas y en  medio de la nada de la noche.

Luego de salir de nuestro estupor,  continuamos nuestro viaje e inevitablemente la conversación rondó sobre nuestro extraño pasajero circunstancial, del  que en ningún momento alcanzamos a divisar  su rostro ni ninguna otra parte de su cuerpo, solamente su obscura indumentaria, como si la presencia hubiera sido una sombra materializada. A los dos nos pareció extraño que bajara en ese lugar  tan solitario y a esa hora…”

A esta altura del relato,  el profundo silencio que rodeaba la mesa del Café de Río Turbio, era total.

Y nuestro relator finalizó: “…Fue en esos momentos en que nos vino a la memoria lo contado por diversos viajeros rioturbienses sobre “el pasajero inesperado” que paraba a los vehículos que transitaban  por ese lugar, en un sentido u otro y luego se bajaba en algún paraje solitario sin decir palabra alguna. Casi siempre en el mismo sitio.”

En la mesa de los contertulios el silencio continúo pese a que el relato había finalizado y hasta que nuevamente, la conversación tomó otros carriles.

Sugestión, ilusión colectiva, imaginaria popular producto de la soledad, las grandes distancias, el cansancio del viaje o la influencia del fuerte viento del oeste… o simplemente un fantasma,,,? *


 

 

 

Comentarios   

#1 facundo morales 21-01-2014 15:44
excelente relato de una historia de fantasma? me gusto!!
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