Pioneros de Siempre

Ustedes saben sobre las historias que desde hace años, con sus diversas variantes, se relatan en la Cuenca Carbonífera de Río Turbio. Particularmente de situaciones vividas en la  ruta ex 293.

Durante muchos años fue la única ruta que nos comunicaba con la capital de Santa Cruz: Río Gallegos, ciudad que todavía mantenía los perfiles de gran aldea; camino no pavimentado, con sus 270 kilómetros de soledad, salvo los “oasis” que significan algunas grandes estancias hasta llegar a destino. Dirección obligada en aquellos días, tanto en invierno como en verano por quienes necesitaban realizar algún trámite o compra, o la mayoría de las veces  trasladarse en avión al norte del País, o viceversa, utilizando el aeropuerto de esa Ciudad.

Las historias contadas hacían referencia a que muchos automovilistas, en la ruta mencionada y en la zona conocida como “El Zurdo”, solían encontrarse inesperadamente con un gendarme que “hacía dedo” y que luego de ascender al vehículo, después de algunos kilómetros se bajaba en los lugares más desérticos e insólitos del camino de ripio, perdiéndose en alguna depresión del terreno o cañadón,  sin que nadie supiera mas de él.

Estas historias son consideradas por la mayoría de los habitantes del lugar como producto de la superstición o de otras situaciones.

Lo curioso es que son varias las personas que cuentan la misma historia, o casi la misma o en todo caso muy parecida.

Y aquí paso a relatar mi encuentro con un amigo. Aclaro que éste es un hombre de ideas y conocimientos concretos y razonamiento muy sólido; no daba credibilidad a aquello que no tenía  alguna explicación racional. Pero aquella mañana de 1983 me sorprendió con este relato:

-Vos sabés que no creo en brujas…pero …- y continuó sin terminar la frase:

-Ayer tuve que viajar en mi automóvil a Río Gallegos, a buscar a un joven que llegaba al aeropuerto en un vuelo de Aerolíneas, y lo hice en la compañía de mi novia y dos personas más. El viaje, pese al camino de ripio que se presentaba con muchos baches y barro a consecuencia de las últimas lluvias, se realizó sin mayores inconvenientes y arribamos a nuestro destino. Ya en el aeropuerto internacional Piloto Civil Norberto Fernández, tuvimos que esperar al joven viajero, dado que su vuelo llegó con algo de atraso, esto debido a los fuertes vientos y las consabidas turbulencias que afectó a la aeronave en la zona de Comodoro Rivadavia.

Luego de los saludos y demostraciones de afecto en el encuentro, se decidió que partiríamos de inmediato, de regreso a la ciudad de Río Turbio. Aquí debo decir que no tengo la costumbre de regresar el mismo día en que viajo, ya que varias horas de conducción en camino de ripio me afectan sensiblemente la resistencia física y particularmente la visión, pero esa noche accedí  a los pedidos y emprendimos la vuelta, pese a que sabía que ello me significaría un esfuerzo físico extra, más si tenemos en cuenta que la noche en esta latitud había comenzado.

Compartimos unos tostados en el desaparecido Café Carrera, el que tenía sus instalaciones en pleno centro, entre las calles Roca y Fagnano.

Poco tiempo después estábamos viajando hacia Río Turbio. Como se imaginarán se iniciaron conversaciones de las cuales en algún momento también participé, aunque mis sentidos estaban ocupados en la conducción y en las irregularidades del camino con sus curvas y contra-curvas y pensando que debía estar prevenido cuando llegara a la famosa y peligrosa zeta de la zona, portal del Zurdo, ya que se presentaba bruscamente luego de una gran recta y por ello siempre sorprendía al conductor más profesional, habiendo sido motivo de accidentes serios.

Cuando pasamos el Hotel de Bella Vista, mis compañeros de viaje habían disminuidos el tono de la conversación y al poco trecho todos e incluso mi compañera, se habían entregado a un profundo sueño. Todos dormían y solo me acompañaba el confiable ruido del motor de mi Renault 12.

-A esta altura del relato, mi amigo hace una pausa, respirando profundamente, como si su continuidad le exigiera de todo su esfuerzo, y prosiguió.

-Luego de ingresar en la zona de bajadas y subidas, sitios que los lugareños indican como el tramo más frío de la ruta, no sé si porque todos mis acompañantes estaban dormidos o la fatiga me estaba venciendo, se me cerraron los ojos y tuve que apelar a una extrema voluntad, parpadeando, para mantenerlos abiertos; supuse que me estaba venciendo el cansancio, entonces me prometí que al llegar a donde se encontraba el edificio abandonado de mampostería y que anteriormente alojaba a un destacamento de gendarmes, estacionaría a un costado del mismo y cerraría por unos minutos los cansados ojos  o en el mejor de los casos dormiría por algunos momentos. Seguramente mis compañeros de viaje ni se darían cuenta dado lo profundo del sueño de todos.

b_200px_131px_16777215_00_images_Articulos_pequenas_historias_Rio_El_Zurdo_proximo_a_la_confluencia.jpgBajaba la zeta y como suele suceder, de pronto, aparece el vallecito longitudinal con mucho verdor, seguramente por la humedad que le aporta el chorrillo “El Zurdo” y a cuya orilla, luego de cruzar un puente de madera, se levanta el viejo edificio del ex destacamento de Gendarmería que por un problema de economía fuera desactivado y que en esos días  se encontraba totalmente vacío. Esa situación siempre me produjo un dejo de nostalgia, dada la actividad que siempre se desarrolló en el sitio y además una meta ansiada por los viajeros de ese camino solitario.

Como viajaba a poca velocidad pude sorprenderme por la quietud de la noche, sin la presencia del viento patagónico que casi siempre suele soplar en el sitio, escuchando en cambio el suave ruido que producía el agua del arroyo cercano al deslizarse entre altas hierbas y algunas piedras… y también tuve tiempo, pese a mi urgencia de descanso, de observar el  bellísimo cielo estrellado donde reina la Cruz del Sur; sin embargo la noche se presentaba cerrada.

Como me lo había prometido estacioné a un costado del camino y bien contra la pared del frente de la construcción abandonada. El sueño me venció y a los pocos minutos quedé profundamente dormido, como todos.

No puedo precisar cuanto tiempo dormí.

Lo cierto es, que de pronto un agudo grito me despertó y sentí que mi compañera en un estado de nerviosismo me tomaba fuertemente del brazo diciéndome:

-¡Despertáte, vámonos, vámonos de acá, vámonos ya…!

Atiné apreguntar:

-¿Pero qué te ocurre…?

De todas maneras, pese a lo sorpresivo de la situación, automáticamente pude mover la llave del contacto en el encendido del pequeño motor del auto y emprendimos la marcha a toda velocidad en dirección a Río Turbio…

Aquí quiero aclarar que mi compañera hacía muy poco que había llegado a la zona, procedente de Salta, así que desconocía absolutamente todas las historias contadas y que circulaban en la Cuenca sobre el gendarme que solía “hacer dedo” y luego desaparecía en medio de la noche en sitios totalmente desolados y solitarios.

Pese a todos los requerimientos que hice durante una parte del trayecto para que me diera una explicación sobre su sorpresiva actitud, no me dio ninguna manteniéndose en un mutismo total y mostrando un rostro  demudado y de una palidez intensa que me llegó a preocupar.

Recorrimos varios kilómetros en la misma situación y cuando pasamos por frente al hotel de Puente Blanco y cruzamos el puente sobre el río Penitente, donde comienzan los bosquecillos de lengas y ñires y donde el panorama natural se muestra más acogedor, mi compañera ante la insistencia de que me diera una explicación por su comportamiento me explicó:

-Me despertó una mirada intensa desde atrás del vidrio de mi ventanilla… Creyendo soñar, abrí bien los ojos y la mirada estaba allí en medio de la noche, profunda e insistente y no fue producto tampoco de un sueño, la llegué a sentir… y provenía de un rostro extraño; una mirada penetrante, de alguien salido de la obscuridad total que rodeaba al auto… y fue entonces que solo pude articular el grito de mi desesperación y te tomé del brazo para poder escapar de ese extraño ser que allí estaba y del que sentía su presencia angustiante… No sé que decirte, pero nunca me ocurrió una situación así. Lo que sí te puedo asegurar que no fue un sueño, ni siquiera una mala pesadilla…¡ Allí estaba…esa presencia extraña… Solo te pido que me creas…!

Me quedé en silencio y sin palabras para contestarle. Luego cuando llegamos a Río Turbio, en el ambiente acogedor de mi casa y en ese cuarto pleno de  luminosidad que provenía de una araña central, le conté lo que la gente habla sobre la extraña presencia del gendarme que aparece y desaparece en la ruta, en las cercanías de la zona del “Zurdo”. Me escuchó atentamente, mientras sus ojos obscuros se agrandaban, quizás recordando los angustiantes momentos vividos.*


 

 

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