Pioneros de Siempre

Todo fue programado. El interés era pasar un domingo distinto y el objetivo principal descubrir nuevos panoramas en los que practicaríamos nuestro deporte favorito: la pesca del salmón o de la trucha salmonada en ríos del entorno de Río Turbio.

b_200px_241px_16777215_00_images_Articulos_pequenas_historias_LOGO_CLUB_PESCA_Y_TITO_FONTINALIS.JPGY así lo convenimos los cinco amigos, partiendo en horas tempranas en dos vehículos hacia el lugar elegido, en este caso el río Rubens, a la altura de “Puesto de las Vacas”, casi en el límite con Chile. Para ello debíamos recorrer desde la Villa Minera unos primeros  80 kilómetros por la ex ruta 293, con base de ripio consolidado y luego continuar, permiso de por medio, por una huella sin grandes pretensiones entre pintorescos bosques de ñires y lengas y que en la mayoría de los casos  se debían  bordear por la espesura que presentaban,  siendo verdaderos obstáculos para el tránsito de los vehículos.

Teníamos conocimiento de que en ese sitio solitario y de escasas visitas de pescadores, estaba la posibilidad de obtener la pieza codiciada por peso y tamaño.

Como ustedes saben, en esta Patagonia, existen algunos días del verano en que el clima se presenta extremadamente  benigno: sin viento, con un sol mañanero que levanta rápidamente la temperatura del medioambiente, creando una jornada digna de ser vivida y que por sus características no se repite en otras latitudes.

Era una mañana de esas. El sol tempranero alumbraba las primeras horas de ese día transparente con suaves destellos desde un cielo profundamente azul, sin nubes.  Así partimos, dejando atrás las últimas construcciones de la Villa Minera, con algunas luces todavía.

Recorridos los primeros kilómetros y ya en la huella, cruzando el campo que nos llevaría al río en el lugar programado, bordeamos hermosos bosques que  se presentaban con todo el verdor y la fuerza del verano, como islas de tanto en tanto, y a medida que avanzábamos.

Luego de mucho andar sorteando bosquecillos, transitando sobre una mullida y verde alfombra de jugosas hierbas, arribamos al sitio elegido para acampar. Descargamos los bártulos y ubicamos la parrilla para el consabido asado del mediodía, cerca del agua.

El bosque en esa parte del río llegaba en muchos casos, hasta la misma orilla.

Inmediatamente tres de nuestros compañeros, sin perder tiempo, armaron sus cañas y comenzaron a lanzar sus atractivos señuelos sobre las aguas mansas y en algunos sitios profundas del río, que sin prisa se deslizaban en dirección al puente Blanco, muchos kilómetros más abajo,  sobre la ruta.

Por otro lado, yo y el mayor del grupo decidimos caminar aguas arriba,  hasta alcanzar un recodo del espejo de agua  que nos pareció sería un pesquero inmejorable.

Así lo intentamos, orilleando, hasta que una formidable pared de jóvenes ñires lo impidió. La espesura era tal que tuvimos que alejarnos  bastante del curso de agua y andar en dirección a las nacientes.

Lo insólito sucedió: perdimos de vista al río y no lo pudimos encontrar nuevamente. Y así caminamos varios kilómetros, extraviados, con la esperanza de que apareciera en algún recodo del bosque.

Debo decir aquí en honor a la verdad que tanto yo como mi compañero estábamos acostumbrados al contacto con el medio natural de la zona. Particularmente mi amigo, que conocía la Cordillera, al haberla recorrido en más de una oportunidad con el afán de encontrar algún yacimiento de piedras de valor; habiendo sido  buscador de oro sin suerte, en otros tiempos.

Lo concreto es que caminamos mucho en esa mañana serena, sin viento y con un fuerte sol que poco a poco subía en el firmamento y que también nos estaba indicando que nos estábamos acercando al mediodía. Fueron varias horas de caminar. El cansancio y la sed empezaron a hacer mella.

Empezó también la preocupación y entonces tuvimos la certeza de que estábamos perdidos en medio de bosque de  lengas. Solamente podíamos divisar el verde follaje sobre nuestras cabezas y un trozo de cielo azul.

Hasta ese momento la situación la había manejado mi compañero de excursión, diciendo hacia donde nos teníamos que dirigir, hasta que nos dimos cuenta que estábamos dando vueltas en el mismo sitio. Ante la evidencia de que habíamos perdido el rumbo, el cansancio y la hora cercana al mediodía sumada a nuestra sed y hambre que ya se manifestaban, decidí tomar la iniciativa: Subí a lo alto de una de las lengas y desde ese atalaya comencé a escrudiñar  el tupido horizonte de copas de lengas y ñires sin poder divisar otra cosa, hasta que me dí cuenta en mi desesperación de que algunas copas se mostraban más verdes y altas, entonces decidimos ir en esa dirección.

El razonamiento era simple, si por ese lado los árboles se mostraban más verdes y más altos era evidente que este mejor desarrollo natural se debería a la existencia de una mayor humedad y esto, seguramente, nos indicaba la cercanía del río.

Hacia allí nos dirigimos y cual nos sería nuestro explosivo júbilo al encontrarnos, luego de andar alrededor de quinientos metros metros, con el ansiado río. Alegría que hizo que nos confundiéramos en un apretado abrazo y en exclamaciones.

Lo demás fue fácil: seguir el río aguas abajo y llegar al campamento y reencontrarnos con el resto de los pescadores.

Alguien dirá que la experiencia no merecía este relato, pero quien  pasó por esa situación angustiante en la zona patagónica, sabe que sí, y que ella es comparable a una pequeña odisea donde queda demostrado, una vez más, que las condiciones naturales pueden ser superadas con la simple lógica del hombre.*


 

 

Comentarios   

#1 Daniel Castillo 23-07-2012 20:25
Por favor coloquen el nombre de los amigos extraviados así como también en el relato de ovnis no figura el nombre del protagonista, se refieren a la flia Tolosa, no? muchas gracias y los felicito por la página ya que me acercan a mi querido pueblo, desde San Juan un afectuoso abrazo para uds.
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