Pioneros de Siempre

La noche anterior como corresponde habíamos preparado todos los elementos de pesca, como es usual: la caña, el reel y la colorida caja de cucharas con las preferidas, y en el caso del amigo Walter Riquelme,  quien sería mi compañero de salida de ese domingo de varios años atrás, también añadió el equipo de mosca, ya que de acuerdo al pronóstico -que siempre fallaba- el día se presentaría sin viento, buen sol y apacible, como para gozar plenamente de la jornada y realizar lances excepcionales y con resultados también excepcionales.

Ustedes saben, y no es secreto para nadie, que la zona de Río Turbio es excelente para la pesca del salmón, tanto por la cantidad como por su tamaño y peso. Y además los pescadores tienen para elegir variados espejos de agua: arroyos angostos pero profundos donde el lanzamiento no es fácil y sobre todo si hay viento y en los cuales se demuestra el dominio de la caña, ya que los llamados “chorrillos” suelen presentarse con curvas y contra curvas muy seguidas, bordeados de altos y jugosos pastos; lagunas cercanas como la “Larga”  en la zona del “Turbio Viejo” que con la menor brisa se enturbia por su fondo arcilloso y entonce es casi imposible obtener una pieza, pero cuando se presenta calma es seguro lograr piques importantes y seguidos con resultados más que satisfactorios, de dos a dos kilos y medio o más;  separada  por  escasa distancia y unida a la primera por un canal, rodeada de un hermoso bosquecillo de ñires, se encuentra también la laguna “Chica” con sus aguas siempre transparentes y pesca variada; y si llegamos a la zona de “Puente Blanco”, nos encontraremos con el río “Penitente”, pesquero de muchas posibilidades y hermosas truchas y separado por alguna distancia el río “Rubens” con menos peces pero de mayor tamaño y peso; ambos cursos de agua nacen en Chile para luego juntarse con el río Turbio, aguas abajo y  formar el río Gallegos, y este último según los especialistas, está reconocido como el mejor pesquero de la codiciada trucha marrón, inclusive fuera de los limites de nuestro País.

Existen, además, otros sitios de pesca.

b_200px_127px_16777215_00_images_Articulos_pequenas_historias_Walter_Riquelme_con_el_autor_de_la_nota.jpgEsa mañana con los primeros rubores del amanecer salimos bien equipados con nuestros respectivos “wader” de neoprene de ese entonces, que nos aseguraban la posibilidad de introducirnos en el agua hasta la cintura con comodidad e  incluso vadear el río pero con el inconveniente del peso. Ahora estos trajes para el agua han sido superados por unos confeccionados con un material más liviano y que permiten la transferencia natural de la transpiración al exterior,  pero no así el paso del agua, para la alegría de los apasionados de la pesca deportiva en la Patagonia.

En esta oportunidad el lugar elegido fue un sector del río “Penitente”, entre el ex hotel Puente Blanco y la Estancia “Rincón de los Morros”.

Cargamos mochilas, cañas y todo el equipo en la camioneta, sin olvidarnos de las exquisitas milanesas preparadas en la noche anterior, algún buen vino tinto y también la infaltable botella de agua mineral. Y así partimos con el corazón contento y la seguridad de pasar un día pleno de expectativas. La charla intranscendente nos acompañó durante todo el viaje.

Nunca hubiéramos podido adivinar el final de esa jornada de pesca.

Llegamos al sitio, salimos de la ruta y estacionamos la camioneta a la orilla del cerco de alambre.

Ya el sol se mostraba esplendoroso en la mañana caliente y sin viento de los primeros días de ese mes de febrero. Luego de tomar un reconfortante café cargamos las respectivas mochilas y cañas e iniciamos nuestro camino, a paso vivo, de algunos kilómetros y al encuentro del ansiado río que se adivinaba luego de la loma cercana.

Y así fue.

El agua quieta  en algunos sectores y  con remolinos en las correderas azules o verdosas se presentaba prometedora. No perdimos tiempo, con pasión de pescador deportivo armamos las respectivas cañas e iniciamos los lances certeros en los lugares más profundos y alejados.

Los resultados no se hicieron esperar: casi al mismo tiempo dos hermosos salmones plateados de peso y tamaño fueron la recompensa de ese mediodía pleno de quietud y de aire tibio. Luego de una pequeña lucha entablada e inevitable, cada uno obtuvo el premio buscado en esa jornada de pesca de muchos años atrás.

Satisfechos, decidimos retornar hacia donde habíamos dejado la camioneta poniendo punto final a la jornada y así ocuparnos de nuestro apetito y sed con las vituallas que esperaban en el vehículo. Así que, con paso decidido empezamos a desandar el camino que nos llevaría atrás del alambre cercano a la ruta, la que se divisaba lejana.

El sol del mediodía ya calentaba sobre nuestras cabezas y nos hacía incomodo el retorno; el peso de la mochila con la preciosa captura  también se hacía sentir. Con paso ligero tratamos de acortar la distancia.

Abstraído estaba con la mirada puesta sobre el suelo, tratando de no tropezar con los coirones que afloraban en nuestro camino, cuando de pronto mi compañero me dice: “Atrás nuestro, una tropilla de vacas nos está siguiendo…”  En ese momento no alcancé a comprender el significado de sus palabras y  tampoco le dí importancia alguna en mi afán de llegar lo más pronto posible a nuestro objetivo que era la camioneta que se divisaba lejana detrás del alambre. A esta altura el sudor convertido en agua se acumulaba en el fondo del wader y su peso hacía más lento y desagradable nuestro andar. Nuevamente la voz de mi compañero advirtiéndome: “¡Cada vez están más cerca…!”. Fue entonces que me dí vuelta y pude divisar un grupo de vacas y terneros, unos veinte animales, que nos seguían en línea recta y con decisión y entonces comprendí la preocupación de mi amigo. Decidimos, nosotros,  apurar el paso.

La idea era tomar distancia del ganado, como se imaginarán, pero el peso de la mochila, el wader, además de la caña y el calor nos complicaban la situación. Apreciábamos, mirando hacia atrás que el grupo de vacas cada vez estaba más cerca y nosotros más cerca del agotamiento físico. Así fue que mi compañero se atrevió a sugerir de dejar las mochilas y las cañas para aligerar  el paso, a lo que me negué y tampoco el efectuó. Sin hablar más, empezamos a correr.

Lo hicimos por bastante tiempo y en un momento paramos para tomar aliento y mirando hacia atrás tuvimos la certeza que las vacas nos alcanzarían, así que seguimos en nuestra carrera por el campo patagónico.

Si alguien nos hubiera visto en ese momento: nosotros corriendo y el ganado  avanzando a la carrera tras nuestro, habría creído en un espejismo o que sus ojos les estaba jugando una mala pasada.

Lo cierto es que ya al borde de la extenuación, se me ocurrió proponerle a mi compañero de pesca, que dado que el vacuno mira hacia adelante y no a los costados, -según me lo había dicho alguien o lo había leído- que de pronto dejáramos de correr y avanzáramos de costado unos cuantos metros y luego retomar nuevamente nuestra corrida hacia nuestra salvación, el alambre y la camioneta. No teniendo otra opción ya que no había árbol alguno o roca  en que trepar o depresión en que esconderse, así lo hicimos. Y nuestra sorpresa fue grande: el grupo de vacas al no divisar a nadie adelante motivo de su enojo o de su interés, desorientadas, aminoraron su carrera y nosotros como ustedes supondrán, reiniciamos la nuestra  hacia la ruta ya cercana.

Totalmente extenuados pero a salvos, saltamos el alambre y casi desmayados por el tremendo esfuerzo, nos tiramos sin hablar en el suelo, a descansar de la alocada carrera y del increíble suceso.

Quiero aclarar que este es el relato de gente que está acostumbrada al medio rural, al campo patagónico y que lo ha recorrido  desde hace mucho tiempo, en verano como en invierno, en contacto la más de las veces con los animales que lo contienen, pero esto nos ocurrió.*


 

 

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