Pioneros de Siempre

Llegué a Río Turbio en el mes de Abril de 1963, la nieve ya había cubierto a la Villa Minera y el bosque de lengas y ñires cercano se presentaba como una mancha ennegrecida. Sin embargo la magia del entorno ya me había subyugado.

Una de las primeras personas que conocí en este lugar, donde nunca imaginé que podía pasar tantos años de mi vida, fue Antonio Verón.

Don Verón, como me gustaba llamarlo, era una persona amante de las cosas simples de la vida y del campo y que gozaba del aprecio de los rioturbienses de aquellos años. Enseguida simpatizamos y congeniamos en las ideas, logrando una amistad que perduró a lo largo del tiempo y de la cual me sentía orgulloso. Era una persona inteligente y de bien.

Recuerdo esos domingos cercanos al mediodía en que me hacía buscar por su hijo Roberto para compartir luego, en familia, las sabrosas empanadas fritas que elaboraba su Esposa sobre la cocina alimentada a carbón. Momentos de pequeña felicidad en que la conversación como abanico tomaba distintos temas y el tiempo dominguero transcurría sin darnos cuenta alrededor de la simple mesa, a veces con el mate de por medio.

b_200px_270px_16777215_00_images_Articulos_pequenas_historias_Antonio_Veron_-_Trinidad_Alvarez.jpgDon Antonio Verón era el Jefe del Registro Civil y también se desempeñaba en el sector contable de la empresa YCF, pero además fue el último presidente del Circulo Río Turbio, entidad de bien público que contó con un importante museo natural y una no menos notable biblioteca en la entonces Villa Minera.

Por su intermedio llegué a conocer a esa pionera institución.

El Circulo Río Turbio fue fundado a mediados de 1955 y entre sus primeros socios se encontraban Pedro Korchenewsky, su hermano Pablo Korchenewsky, Bruno Nicoletti, y Pedro Adolfo Dubié, entre otros. Tuve la oportunidad de visitar sus humildes instalaciones antes que fueran levantadas en el año 1965 por YCF para continuar con la construcción del Barrio Los Pinos (las actuales casas de durmientes). Existió el compromiso por parte de la Empresa de construir nuevas y funcionales instalaciones en otro sitio para la destacada Entidad, pero eso, lamentablemente no ocurrió. La sede social en ese entonces estaba ubicada en donde más tarde funcionó el Registro del Automotor y la Escribanía del Dr. Jorge Zambrizzi. Allí también, en un pequeño depósito de ladrillos ubicado en el fondo del terreno, aledaño, se encontraba lo que llamaban el “monturero” y era el lugar donde se guardaban las monturas y aperos de los caballos que poseía la institución y que eran utilizado por los socios para paseos o excursiones grupales por los alrededores.

Lo primero que me llamó la atención fue un sable que presidía la sala y que rezaba que era el que había pertenecido al teniente de navío Agustín del Castillo descubridor del Yacimiento Carbonífero y que fuera donado al Circulo Río Turbio por su familia, mediante nota. Sobre una mesita y en la entrada de la sala, era inevitable no verlo, se encontraba el libro de visitas a la Entidad, forrado en cuero, muy cuidado, y entre sus páginas constaba la firma del ex presidente de la Nación, Dr. Arturo Frondizi, entre otras rúbricas como las de embajadores, periodistas y funcionarios nacionales y extranjeros que visitaron la Mina.

Sede del Circulo Río TurbioPalabras mayores mereció el contenido del museo, obra del taxidermista ruso y habitante de Río Turbio de esos días, Pablo Korchenewsky. Casi o toda la fauna de la región se podía apreciar en el lugar en una disposición inteligente y que podía ser apreciada por los visitantes; por su importancia, inevitablemente, debemos mencionar a nuestros lectores la existencia impresionante de un ejemplar de cóndor con sus alas abiertas, el puma patagónico, la avutarda, un zorro portando en su boca un pichón de liebre (así fue cazado y luego embalsamado); un carancho, el águila mora; diversas especies de patos, un pingüino, y hasta el diminuto murciélago patagónico que pendía de un hilo de nylon del techo de la sala y muchos más. Capítulo a parte merecen las pequeñas vitrinas donde estaban dispuestas y clasificadas la diversidad de mariposas del lugar o las de insectos.

Si bien las instalaciones eran pequeñas, habían sido muy bien utilizadas y la riqueza cultural y científica que albergaban era de un valor incalculable. Con decir que sobre una mesa-vitrina de medida importante se lucían docenas de piedras de boleadoras y puntas de flechas de distintos colores y tamaños talladas por los tehuelches y encontradas y donadas por socios de la institución en las distintas excursiones que se realizaban por la zona.

Otros hallazgos de socios del Circulo Río Turbio en las salidas a pie o a caballo que realizaban por los alrededores, ya que en esos años los únicos vehículos existentes eran de la Empresa, tratan sobre un hueso que perteneció al animal prehistórico Milodón, herbívoro que desapareció hace 10.000 años; así lo certificó el director del Museo de la Ciudad de La Plata en una nota que se exhibía al lado. Otro elemento, no falto de interés y expuesto, fue una botellita conteniendo un mensaje escrito en alemán y encontrado por los socios del Circulo: Bruno y José Nicoletti, en oportunidad de escalar un cerro cercano al llegar a la cima; la nota se tradujo y dio cuenta que la habían dejado unos andinistas de ese país y como incluía la dirección de Alemania, se les informó la novedad, obteniendo la contestación también escrita.

Otra de las joyas que albergaba entre sus humildes paredes el Circulo, era su valiosa biblioteca aportada por sus socios y donaciones de editoriales solicitadas por la Comisión Directiva.

En la década del 50, como lo aclaramos, la única posibilidad de conocer la zona o realizar excursiones era mediante caminatas o bien montados en los mansos caballos que poseía el Circulo Río Turbio, ya que en ese entonces no había vehículos particulares.

Recién arribado a la Cuenca, conocí todos los alrededores de Río Turbio gracias a la paciencia de don Antonio Verón y a los caballos de la Entidad. De ellos recuerdo el llamado “Indio” y que fuera mi dócil compañero en varias cabalgatas. Fueron excursiones memorables, salíamos en grupos de siete o más jinetes los sábados al mediodía y volvíamos los domingos al caer la tarde. Palabras mayores merecen los asados de cordero patagónico realizados por la mano maestra de quien conducía el grupo. Eran tiempos de compartir charlas y mateadas alrededor de la luz y del calor del fogón mientras la cruz del sur se mostraba con toda su intensidad sobre nuestras cabezas.

El crecimiento de Río Turbio obligó, lamentablemente, como lo decíamos al comienzo, a que el Circulo Río Turbio, ejemplo de entidad de bien público y que fuera orgullo de la comunidad de ese tiempo pionero, tuviera que replegarse y sus bienes colocarse en grandes cajones de madera y llevados a un depósito de la Empresa, esperando días mejores que no llegaron nunca.*


 

 

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