Pioneros de Siempre

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EL ESCENARIO Y SUS ORIGENES

Primeros habitantes

Apoyado sobre el paralelo 52 de Latitud Sur con fondo cordillerano y teniendo como costado Norte las colinas que señala el camino a Lago Argentino, se abre en apacible valle el escenario subyugante de Río Turbio, del que emerge su Villa Minera que indica con su presencia, el pueblo argentino más lejano de Buenos Aires.

Si trazáramos una circunferencia con centro en la Capital Federal y tomáramos por radio la distancia con la Villa Minera observaríamos que no hay otro de mayor longitud en la Argentina continental. Es el largo camino que conduce al carbón, cuya transformación en energía creadora exigió, a su vez desde su descubrimiento, un proceso de recorrido igualmente extenso.

La Región de Río Turbio, con sus verdes sierras, su río sinuoso, sus bosques de lengas y sus amplios valles de belleza serena, conforma la cobertura del más rico yacimiento carbonífero de la República Argentina, nacido en un remoto pasado Terciario en ascensos y descensos de su suelo, de epirogénico movimiento y en la sedimentación alternada que acumulaba el mar cercano en sucesivas invasiones y retrocesos. Más tarde, las glaciaciones y desglaciaciones cuaternarias habrían de ir elaborando lentamente, el suave relieve de valle y colinas, definiendo los rasgos morfológicos de la región.

Sedimentos terciarios se apoyaron en cretácicos y sobre ellos fue emergiendo el paisaje, el bosque y sus primigenios seres vivientes, gigantescos herbívoros y carnívoros a cuya vida fue poniendo fin el transcurso de milenios con la metamorfosis del paisaje, dejando sepultados los restos de aquella fauna y flora, que el tiempo y la geología guardaron hecho carbón para el hombre argentino del siglo XX.

Después, en épocas cronológicamente ubicadas hacia los 8.000 años A.C. (1) la escena desierta recibe el sonido de la voz humana al paso de las primeras tribus navegantes, acaso antepasados de alacalufes, que prolongaban sus incursiones desde el vecino archipiélago bañado por el Pacífico.

El transcurso de milenios arrastraría, después; hasta el borde de los bosques, provenientes de las mesetas, a trashumantes tehuelches en sus continuas cacerías y recolección de hongos. La codicia por los huemules, que buscaban refugio entre las lenguas no alcanzó a ejercer suficiente atracción para que el tehuelche receloso abandonara la llanura para penetrar al bosque. El murmullo de su follaje; el eco de las ramas abatidas por el viento, el sonido del vuelo y canto de sus aves, el crujido de las hojas secas componían un lenguaje sonoro extraño para él, sólo familiarizado con las voces del desierto de las planicies.

Aquel idioma desconocido del bosque, le hacían suponer presencias ignoradas y riesgosas acechanzas.

Navegando las mismas aguas de los alacalufes y yamanas se acercarían hacia el foro, siglos después, los navegantes españoles y los corsarios ingleses en intrépidas hazañas.

Así, en el año 1557, Juan Ladrillero, navegante español que partió del puerto de Valdivia (Chile) se introdujo a través del laberinto de canales y fiordos conduciendo su nave "San Luis" de 50 toneladas, llegando en su travesía hasta el seno de Ultima Esperanza, lugar en el que detuvo su marcha en el punto en que hoy se levanta la ciudad chilena de Puerto Natales. Desciende parte de su tripulación, atraída por la belleza del lugar y por la presencia de innumerables huemules que, azorados contemplaban desde una colina el desembarco de tan extraños visitantes. En la persecución y caza de los huemules -recordados como venados por los españoles- llegan los tripulantes casi hasta los fondos de nuestro escenario.

Ese viaje memorable, ha sido relatado por Ladrillero en la siguiente forma:

"(...) i visto que no era lo que buscábamos, aunque el canal tenia hasta allí una legua i legua i media de ancho, dimos la vuelta, i pasamos por el canal principal que una legua de allí habíamos dejado, el cual seguíamos otras tres leguas (2) donde dimos en otro río de agua dulce, de mui grande corriente i en... grandes serranías de nieve. Dimos la vuelta i seguimos otro canal que habíamos dejado en el mesmo, i habíamos seguido hasta cuatro leguas de la Punta de los Venados (3) el cual asimismo se nos acabó, caminadas cuatro leguas al nordeste (4) i visto que no hallábamos por ahí el Estrecho, ni la salida para el canal que parecía que iba para la tierra llana, que dicho que tengo, que no estábamos de él cuatro leguas, dimos la vuelta a La Punta de los Venados, donde en término de una hora, mataron dos arcabuceros quince i nos fuimos a la isla de los Reyes (...) toda ésta tierra es el fin de la serranía desde la Punta de los Venados, i todos son llanos para la mar del Norte, i de tierra de buena apariencia; i para la mar del Sur; mui gran serranía nevada de peña i montaña de robles i cipreses... i por ser la tierra muy buena, buena, i mui fria, es mui necesaria para los naturales que en la tierra hai, por andar desnudos, como andan (...)" (5)

Habrían de acercarse a esta región en años subsiguientes, siempre por aguas del Pacífico, alternadamente españoles e ingleses, ya buscando refugio en los canales, ya en acecho de naves cargadas de riquezas, en esa larga cacería de tesoros protagonizada por galeones españoles y naves corsarias de la Reina Isabel de Inglaterra.

Luego una quietud de dos siglos prolongó el armonioso reinado de ciervos, flamencos, ánades y cicónidas en los valles, lagunas y arroyos de Río Turbio, apenas perturbado ocasionalmente por alguna incursión de trashumantes grupos de tehuelches.

Se acerca el año 1830 y otros navegantes y exploradores echaron pie en tierra firme en las costas del Seno de Ultima Esperanza, aproximándose hasta los límites occidentales de la región de Río Turbio. Durante la expedición inglesa de la "Adventure", al mando del Capitán Parker King, uno de sus pilotos de nombre Kirke, descendió de la nave anclada en aguas del seno y realizó una prolija descripción del paisaje:

"a la entrada del seno del NE se encuentra tierra baja, que se extiende unas trece millas desde sus playas. La entrada tiene tres o cuatro millas de anchura, pero cinco millas mas arriba un bajio que une los tres islotes antes mencionados con la costa occidental, la contrae hasta reducirla a media milla. Rodeaban el islote numerosos cisnes de cuello negro, algunos de los cuales tenían también negras las punta de las alas (...) de una inmensa cantidad de patos, sólo matamos unos pocos. Calculo que en cada bandada habría más de mil (...) Al volver vimos algunos venados en la parte baja de la costa oriental, pero no se pusieron a tiro (...) intenté seguir el curso de un río pero los espinosos troncos de árboles que cubrían el suelo con un espesor de hasta ocho pies, me hicieron perder el camino dos veces y me obligaron volver a la costa. Lo intenté después como a media milla más al este y por fin llegué a una región alta. Cuando estuve allí, trepado sobre los hombros de un compañero, algo pude ver por encima de los árboles, aunque no pude observarlo bien, había allí evidentemente un gran depósito de agua, probablemente dulce (...) vi muchas huellas de venado en los alrededores (...)" (6).

Durante algo más de 40 años la vida animal de la floresta no tuvo otros testigos que majestuosos cóndores que, en ocioso vuelo, abrían sus enormes alas bajo el cielo de Río Turbio. En tanto que, en un punto situado 250 Km. al sur, se producía el encuentro de dos hombres cuyo destino común les reservaba el privilegio de ser los primeros habitantes del suelo rioturbiense.

Nuestros personajes eran dos caballeros, un inglés, Don Guillermo Greenwood y un francés, Don Francisco Poivre. El punto de reunión fue la población de Punta Arenas, colonia magallánica que entonces, año 1873, sólo contaba con 145 habitantes que pujaban por resucitar la aldea prácticamente exterminada 20 años antes, durante una trágica sublevación militar, la que recordada históricamente como la "Sublevación de Cambiazo", convirtió a la entonces floreciente "Perla del Estrecho" en humeantes ruinas, durante dramáticas jornadas de sangre, alcohol y corrupción en que los prisioneros de los amotinados fueron arrojados a enormes hogueras encendidas día y noche (7) .

Atraídos por el progresista gobierno chileno del capitán de fragata Oscar Viel, muchos tripulantes de buques que recalaban en Punta Arenas hacían abandono de sus naves. Algunos para dedicarse a la búsqueda de oro en varios de los lavaderos ya existentes; otros seducidos por las ganancias que prometía el incipiente comercio y los demás, para satisfacer sus ansias de aventuras.

Periódicamente se agregaba a ese abigarrado cuadro de cosmopolitismo la presencia terreña de grupos de tehuelches que, desde tolderías vecinas al Estrecho, llegaban a la colonia a canjear pieles y plumas por tabaco, aguardiente y víveres.

Los recién conocidos, Greenwood y Poivre, desdeñosos de la fortuna que prometían los lavaderos de oro y las fáciles ganancias que les ofrecía la pujante actividad comercial, reunieron sus menguadas pertenencias -un par de rifles, unas pocas herramientas, lazo y boleadoras- y en una madrugada apacible montaron sus caballos que enfilaron con rumbo al norte misterioso.

Al llegar al Seno de Ultima Esperanza, modificaron levemente hacia el naciente el recorrido de su viaje y así ingresaron a nuestro escenario por su foro.

Llegados a una larga vega enmarcada por dos pronunciadas elevaciones cruzaron un chorrillo cuyo recorrido acompañaron luego hasta su desembocadura en un torrentoso río de caprichosos meandros; recorrieron sus costas aguas arriba hasta detenerse en un punto, subyugados por la belleza del valle. En ese sitio el río serpentea bosquecillos de lengas, cuyos troncos más altos, semejan a la distancia mástiles de naves flotando sobre un mar de florecidas margaritas, de pétalos de virginal blancura que, predominante, abrazan las gruesas raíces, casi en las sombras, con un rubor que le pintan silvestres frutillares.

Ese alto en el camino prolongó la detención de los exploradores en el lugar durante largos años, cautivados por el paisaje, en el que levantaron su choza de troncos, cercana al río, cuyo nombre habría de darle Don Guillermo Greenwood. Así lo refirió años después el oficial de la Marina de Chile, teniente Rogers quien, relatando su propia expedición, (8) expresa:

" ... Pasamos varios riachuelos, dos de los cuales bastantes caudalosos, pudiendo llamarse río uno de ellos, el cual fue denominado TURBIO por el señor Greenwood a causa del estado ordinario de sus aguas. Este río abunda en peces como el Gallegos y es el principal afluente de éste. Al recorrer este camino nos aseguró Greenwood que era atravesado con el agua a medio cuerpo del caballo (...); las colinas se sucedían con rapidez cubiertas de bosques que se espesan a medida que se avanzaba (...); notamos robles de no menos de 15 metros..."

El nombre que acababa de nacer, río TURBIO, habría de identificar para siempre a la región que lo contenía y a la futura capital del carbón argentino.


  1. EMPERAIRE, Josef et Laming Annette: Les gisementes del iles Englefield et Vivian dans la mer d´Ottway - PATAGONIE AUSTRALE, París, Journal de la Societé des Americanistes, 1961.
  2. Canal de Ultima Esperanza.
  3. Proximidades de Puerto Natales.
  4. Paso Worsley.
  5. Anuario Hidrográfico de Chile-Vol. 6-Santiago-1880-Pág. 489.
  6. Narrative Of The Surveying Voyages Of Hams, ¨Adventure¨ And Beagle - Londres 1839 Vol. I-Pág. 261.
  7. MASSA Rdo. Padre S. S., Lorenzo: Monografía de Magallanes, Punta Arenas, Esc. Tipográfica Don Bosco, 1945, Pág. 95.
  8. COMISION DE LIMITES FRONTERA ARGENTINO CHILENA- Vol. I - Londres -W - Clowes e hijos- 1902 Pág. 134.

 

 

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