Pioneros de Siempre

El hombre se llamaba Sanagua Reyes, Justino Cesar. Bajó del Perú  hasta afincarse en la Patagonia…

Y cerca de las montañas, bien  al sur, fue a dar con su suerte, en un pueblo llamado Río Turbio. Allí quedó contratado como ayudante de barretero en las minas de carbón, que eran explotadas desde mil novecientos  cuarenta y tres. Después de un par de toscas derrumbadas que sufrió por el lomo en las horas extras y unos cuantos partes de “enfermo”; por fin pudo comprarse un auto. Soltero con auto y una fina estampa: “a lo Chabuca Granda" fue un yerno comunal bienamado. Él sin embargo, pretendía a la hija del Gerente de Explotación; y muy pronto la llevó a dar una vuelta por los campos del Paraje de “Primavera.”

Y en lo mejor del romance, florido en margaritas y pajaritos domingueros, se le trabó la caja de cambios, en vano trato de solucionar el inconveniente y las horas le jugaron en contra. -Pronto vinieron al rescate de la dama.- El quedó con su palanca averiada. Contrariado dejó el auto al costado de la ruta, prendió un cigarro y se alejó caminando a campo traviesa, hasta perderse en un puntito negro que el raudo horizonte se tragó licenciosamente. Sol, lluvias y heladas castigaron los engranajes más profundos del auto. Primaveras, otoños e inviernos buscaron refugio en la oxidada armadura del Ford.

En la cuenca abrieron dos nuevos frentes de explotación. Algunos se jubilaron no muy contentos. Y el auto impertérrito se convirtió en nido y refugio de alimañas y depredadores nocturnos. Al tiempo la leyenda echó raíces para los enamorados en desgracia. Y dicen las comadres, que el coche abochornado, en las noches estrelladas, tiembla y tose como si fuera a arrancar.


 

 

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